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El cazador de pájaros

El sonido de una flauta y la algarabía que le acompañaba sacó a Shlomo de sus devociones y le recordó que era jueves, día de mercado. Besó y guardó sus filacterias y, sin querer, movió la cabeza en señal de reproche. Abajo le esperaba el aprendiz con el que compartiría el pan, las olivas con pimentón y aceite, el requesón con miel y un poco de café que Rivka habría preparado de desayuno.
Llevarían la carretilla a su lugar del mercado pasando ante el puesto de Ibrahim, con sus perchas, sus jaulas y sus variados pájaros cautivos.
A Ibrahim le gustaba llamar la atención atando dos pájaros de muy distinto tamaño por las patas y dejándolos en el suelo donde éstos luchaban, se esforzaban por huír, a veces se atacaban entre sí en su afán por liberarse. Aquello provocaba los gritos de la chiquillería y las risas de los adultos, pero no la de Shlomo que muchas veces le reprochó que provocara tanto sufrimiento  inútil, sin obetener más que un despectivo:"Remendón, a tus zapatos".
 

 

 

Un día más recordó la sentencia de su abuela: "Dos pájaros atados, tienen cuatro alas, pero no pueden volar".

Cuando al atardecer, de vuelta en su taller, remendaba el calzado que le habían llevado a su puesto, miraba por la ventana la higuera del patio, escuchaba el píar de lo tordos acomodándose para dormir y pensaba que de buena gana le hubiera gustado comprar todas las aves a Ibrahim, sólo por el gusto de liberarlas, pero sus gananacias eran míseras por demás.

Rivka le llamó para la cena. ¿Que era lo que los unía desde hacía tantos años? Volvió a recordar a la abuela, partera de oficio, a la que también le escuchó muchas veces decir:"Si te atas hazlo con un lazo, si lo haces con un nudo y te quieres soltar, tendrás que usar un cuchillo". Cuando se levantaba, un mirlo se posó en el alfeizar de la ventana y después de soltar su canto, asustado voló al alero.

"Ya voy, mujer." Estos huesos...vio la delgada linea de la luna nueva que le confirmó lo que sus huesos gritaban...iba a llover.

 

4.8.10 22:44


Una de pájaros

Porque hoy me hace falta sonreir...

 

31.7.10 22:14


Tierra, trágame

axaaaaa Pictures, Images and Photos

 

Otra ocasión más en la que hubiera gritado eso de :Tierra, trágame . En estos casos me siento tan, tan estúpida e incómoda. Sirva esto de confesión, antes de seguir flagelándome psicológicamente (se entiende).

13.6.10 18:07


Memorias de perro

The woman and the dog Pictures, Images and Photos
 
"Me hablaba a menudo de lo que tenía en mente, como si yo fuera el cubo de basura de sus comentarios y sus quejas. Y no sólo era su confesor, sino que, al parecer, también era una especie de conserje.
 
.../...
 
Traté todas esas interminables preguntas de la única forma que podía: Guardando silencio."
 
 
(La vida y la muerte me están desgastando.  Mo Yan)
12.6.10 21:53


¡Qué tupa de reir!


Domingo , 07-03-10
LOS amigos que vienen a casa, cuando ven la vidorra que se pegan, los lujazos de que gozan y los cuidados que reciben los tres amos y señores que nos permiten a Isabel y a mí vivir como de acogida en ella, nuestros gatos Remo, Rómulo y Romano, nos dicen: «Si hay reencarnación, en una nueva vida yo quiero ser gato en vuestra casa». Están equivocados en cuanto a la propiedad. Todo el que ha sido adoptado por un gato sabe que el verdadero dueño de la casa es el peludo amo. A nosotros nos permiten vivir allí como domésticos siervos de su gleba.
Pero a Remo, el protagonista de mi libro «Gatos sin fronteras», algo se le ha quebrado en esta vidorra que se pega. Estos seres privilegiados, tan hermosos y armónicos, tan elegantes, saben que en el antiguo Egipto fueron dioses, y eso no se olvida tan fácilmente. Los gatos son los mejores termómetros de interior que existen. Si en una casa con gato quieres saber qué rincón es el más fresquito en verano y más calentito en invierno, no tienes más que observar dónde el peludo amo se pone a dormitar su dulce ronroneo de felicidad. Los gatos son tan frioleros como los andaluces del poema carcelario del «ojú, qué frío» de José Hierro. Y Remo echaba el invierno en su lugar calentito preferido: encima del televisor de la salita. Sobre las ranuras de ventilación del viejo y hondo aparato, bien calentito. Había sentado plaza de muñequita flamenca de Marín; ya saben, las tonterías que compraba la gente «pancimartelevisó». Me refiero, claro, a los antiguos televisores, a los de tubo catódico, hondos y profundos como un río de América. El de Remo era un Sony de toda la vida, que estaba allí desde que mi hijo Fernando veía en su pantalla Barrio Sésamo o Los Chiripitifláuticos. Remo le tenía a su calentito escabel tanto cariño como nosotros.
Pero vino, ay, la dictadura de la TDT, en esta España donde lo que no está prohibido es obligatorio. Nos íbamos a quedar sin ver la tele como no pusiéramos la TDT antes del 10 de marzo, decía imperativamente un faldón que aparecía en la pantalla, sembrando el mismo terror que Herodes cuando anunció la matanza de inocentes. Y llamamos al técnico para... Iba a decir para que nos pusiera el adaptador de TDT en la tele, pero no: para que le pusiera a Remo la TDT en «su» televisor. No fue posible. El aparato era tan antiguo que no tenía euroconector. Imposible ponerle la TDT a Remo en su televisor. ¿Qué hacemos? Ah, ahí tenemos una tele que regalaron con los cupones del periódico, y que trae el TDT incorporado. Pongámosla en la salita. Y nos la instalaron y sintonizaron. Ea, ya no nos quedaremos aislados del mundo con el apagón analógico. Ea, ya tenemos TDT de pantalla plana. Planísima. De las que llaman algo que a mí me suena a transfusión o a donación de sangre: «de plasma».
Y Remo, que lo inspecciona todo a cada instante en sus dominios, entró al punto en la salita. Vio el que creyó televisor de todas sus siestas y pegó su exacto y armónico salto medidísimo a su calentita altura habitual. ¡Cataplás! ¡Qué peludo pellejazo se pegó el pobre Remo, cayendo tras el televisor de pantalla plana! Remo no sabía que los televisores nuevos no tienen escabel calentito para gatos, como el viejo Sony de sus complacencias. Y muy digno, se levantó de su jardazo con pantalla plana y se fue a un rincón. Deprimidísimo. Desde entonces Remo mira con tristeza a la TDT. Ni Don Alfonso XIII en su destierro de Roma veía las fotos del Palacio de Oriente con la pena con que Remo mira al televisor de su destronamiento. Lo odia. Y ahora sé por qué. No es sólo por la pérdida de su solio de gatuno soberano de la casa. Según el secretario de Estado de Telecomunicaciones, el Gobierno se ha gastado 500 millones de euros en esta imposición dictatorial de la TDT. Vamos, en dejar a Remo sin su sitio calentito del viejo televisor. Y Remo siente su odio eterno de gato romano a la TDT porque como fue dios en Egipto, sabe que gastarse ahora en plena crisis 500 millones de euros en esta eurochuminada es un contradiós.
7.3.10 11:36


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